miércoles, 1 de septiembre de 2010

"Ocean Rain": el "Sargent Pepper's" de los '80

por Santiago Pérez Chiconi 
Elegante; épico; inspirado; operístico; genial; pomposo; sofisticado; influyente; inolvidable; son todos calificativos que se pueden aplicar a “Ocean Rain” el disco que editaron los legendarios Echo & The Bunnymen en 1984. Aunque, seguramente, ninguna de estas palabras alcanza para describir la satisfacción que produce escuchar este notable álbum. A poco más de un mes de su tercera visita a la Argentina, Desenchufados homenajea a la obra cumbre de “Los otros cuatro de Liverpool”, y quizás de toda la década de 1980.


A finales de la década de los setenta, cuando la explosión punk estaba ya casi apagada, la banda liderada por Ian McCulloch irrumpió como una de las más destacadas del post punk británico, junto a sus contemporáneos, The Cure, Siouxsie & The Banshees, Bauhaus y U2. El sonido de los Bunnymen se distinguió por tomar sus influencias de sus héroes The Doors, Joy Division, Velvet Underground y Televisión para crear una música totalmente personal y de lo más destacada. Su contundente y oscuro debut “Crocodiles” (1980), cuando ninguno de los miembros de la banda superaba los 20 años de edad, atrajo los clamores de la crítica y un buen núcleo de seguidores. “Heaven Up Here” (1981) fue pura psicodelia y la preponderancia de los climas sonoros por sobre la melodía. El formato más típico de canción, junto a una producción más detallista, fue retomada en “Porcupine” (1983), que preparó el terreno para “Ocean Rain”, publicado al año siguiente.
"Ocean Rain" encontró a McCulloch y sus secuaces en su momento de madurez artística. Y fue así que crearon una colección de canciones del pop más sofisticado que pudiera concebirse, en donde cada pieza fue producida de forma minuciosa y acompañada por unos suntuosos y exquisitos arreglos orquestales. El álbum se abre con unas emocionantes cuerdas de violines y violas, antes de que ingrese el tándem guitarra-bajo-batería, en “Silver”, canción que arroja una hermosa melodía, de esas que se cantan solas. La siniestra “Nocturnal Me” impacta al escuchar la notable voz de “Mac” acompañada solamente por una fastuosa filarmónica. La guitarra de Will Sargeant reaparece en el punteo inicial de “Cristal Days”, otra de las gemas del disco, cuya melodía viaja recostada en un colchón de cuerdas sinfónicas.
La intachable producción de “The Yo-Yo Man” transmite la sensación de calvario de un hombre atado con una soga a la cintura, al que suben y bajan una y otra vez. “Thorn Of Crowns” aumenta los niveles de psicodelia, con esos contrastes la calma y la violenta irrupción de todos los instrumentos. Sigue la monumental “The Killing Moon”, canción insignia de los Bunnymen y proclamada por varias revistas especializadas como la mejor de la década del 80. Y no demasiado se puede agregar sobre la maravilla de “Seven Seas”, otro de los clásicos de los muchachos de Liverpool. Luego, la intro de guitarra acústica y el estribillo con la voz de McCulloch desdoblada en “My Kingdom” dan lugar a otro de los puntos más altos del disco. El álbum se cierra con la canción que le da título, una melancólica pieza que va in crescendo hasta un final bien arriba, y que fue calificada por el propio vocalista como su canción preferida de los Bunnymen.
Por su calidad compositiva y detallada producción, “Ocean Rain” se constituyó en el “Sargent Pepper” de Echo & The Bunnymen y tras su gira de presentación, el grupo se tomó por primera vez un año sabático, en parte conscientes de que igualar semejante obra iba a ser una tarea imposible. Se trató de la cúspide creativa de una banda que nunca gozó de la popularidad de sus colegas de U2 o The Cure debido a que mantuvo la línea de nunca ceder a la tentación de elaborar algún hit para las radios.
Y precisamente, esa clase de decisiones hacen a Echo & The Bunnymen una banda única, con una integridad pocas veces vista en el ámbito de la música. Muchas veces se le preguntó a McCulloch si sentía frustración por no tener el reconocimiento popular que alcanzaron otros colegas. Y con una media sonrisa siempre contestó que si su conjunto no logró eso fue porque precisamente no lo buscaba. De todos modos, en lo más profundo de su ser, él sabe que tiene un lugar guardado en el Olimpo de los melómanos. Y con eso le alcanza.

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